Nacemos con nuestro ikigai
Nacer con nuestro ikigai debajo del brazo es parte del plan divino, ese plan generoso y sabio, que incluye además un mapa sagrado de nuestros gustos, inclinaciones y preferencias ( nuestro ikigai).
De niños, lo usamos sin culpa: jugamos, soñamos, inventamos, nos perdemos durante horas en aquello que nos encanta. Forma parte natural de nuestra simple agenda infantil. Pero un día, se nos dice que que ya no es tiempo de jugar, que somos grandes y es hora de tomarnos la «vida en serio», que hay que crecer, ser responsables, ganar dinero.
Entonces guardamos el mapa. Abandonamos esos lugares y esos tesoros que sabiamente trajimos como una guía personal e infalible. Y empezamos a coleccionar cosas que no necesitamos, ideas prestadas, creencias limitantes, deseos de otros.
Hasta que un día… el ruido de afuera empieza a molestarnos. Nos sentimos incómodos en nuestra propia vida. El caos ya no nos distrae. Y entre las voces de la insatisfacción y el barullo de los debo y de los tengo, encontamos alivio en ser por un momento un poco niños y como en un acto de magia el mapa surge y nos recuerda quien somos realmente y como pese a todo lo que hemos caminado, nunca dejamos de ser aquellos niños con aquellas inclinaciones que tanto disfrutamos.
Empezamos entonces cada dia a conectar al yo de hoy con nuestro niño, a percibir que pese a todo, nunca dejó de jugar con sus tesoros, aunque buscar algo serio y responsable y competir y tener más se haya convertido en nuestra principal ocupación.
Por eso digo que el cambio no necesita tiempo, necesita espacio, necesita que nuestra agenda vuelva a ser simple y minimalista y que que hagamos espacio en ella para ser quien somos y disfrutarlo.
Cuando eliminamos cosas, necesidades, creencias y pensamientos que hemos acumulado en el tiempo distraídamente, solo entonces todo parece ser bien más simple y sentimos que la voz interior que no estabamos escuchando nos guía.

Cuando entendí que mi niña seguía allí, esperando paciente, la fui a buscar. Rescaté sus tesoros. Dejé de actuar y todo empezó a fluir.
Hoy sé que no tengo que forzarme. No tengo que ir contra mí. Porque la brújula ya estaba ahí desde el comienzo. Lo que me gustaba de niña es lo que me gusta ahora y es lo que me permito ser. Y eso no es casualidad: es una pista, es una señal, es un regreso a casa.
Ese ikigai que parecía olvidado estaba ahí, intacto, esperándome. Solo tuve que hacer silencio, respetar mi agenda diaria, siempre minimalista, soltar el exceso, y mirar hacia adentro.
Ahora te invito a hacer el mismo gesto: mirarte. Recordar. Y registrar qué aparece cuando vuelves a tu esencia y continuar explorando hasta completar todas las piezas y juntarlas en un YO satisfech de si misma y de su vida.
¿Qué es el ikigai?
El ikigai es un concepto japonés que se traduce como “razón de ser” o “motivo para levantarse cada mañana”. No se trata de un único objetivo grandioso, sino de un punto de encuentro entre lo que amas, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita y aquello por lo que puedes recibir reconocimiento o sustento. Es el cruce entre pasión, vocación, profesión y misión.
¿Cómo puedo descubrir mi ikigai?
Descubrirlo es un proceso, no un evento. Algunas claves para empezar:
- Mira hacia adentro: haz una lista de lo que amas, de lo que disfrutas incluso si nadie te paga por hacerlo.
- Reconoce tus talentos: identifica las habilidades que realizas con naturalidad y que otros valoran en ti.
- Observa al mundo: pregúntate qué necesidades, dolores o carencias resuenan contigo.
- Busca coherencia: donde coincidan pasión, talento y servicio, ahí se abre un camino hacia tu ikigai.
¿Cuál es la diferencia entre una vida con ikigai y una sin ikigai?
- Una vida sin ikigai suele sentirse fragmentada: mucha prisa, logros que no llenan, una rutina automática que no deja huella. Se vive en piloto automático.
- Una vida con ikigai se percibe con sentido: aunque haya cansancio o problemas, hay un hilo conductor que da dirección. Las tareas diarias dejan de ser una obligación y se convierten en expresión de tu propósito.
¿Qué aporta el ikigai a la vida de los demás?
El ikigai no es solo personal: tiene un impacto colectivo.
- Aporta inspiración: cuando alguien vive con sentido, se convierte en faro para quienes lo rodean.
- Aporta servicio: al poner tus talentos al servicio de una necesidad real, contribuyes a mejorar tu comunidad.
- Aporta autenticidad: tu ejemplo anima a otros a preguntarse por su propio propósito, generando un efecto contagio de consciencia y compromiso.



