El hábito de la autenticidad. Presencia compartida.

La sonrisa que no se olvida

Ayer fui al banco. Nada extraordinario, diría cualquiera. Pero hay días en que algo pequeño irrumpe en el tejido habitual de lo cotidiano, como un rayo de sol que atraviesa una rendija y de pronto convierte una pared cualquiera en un cuadro vivo.
Me tomó por sorpresa como el temblor interior que deja alguien que nos toca el alma por sorpresa

Me atendió una persona. No era la primera vez que lo veía, pero esta vez su sonrisa me tocó distinto. No sabría decir por qué. Tal vez fue su manera de estar presente, su voz amable, su mano tibia al rozar mi mano. Pequeños gestos. Sutiles. Pero dejaron un eco en mí, como si en ese instante me recordaran algo esencial que a veces se me olvida: que seguimos siendo humanos, aún en medio de pantallas, trámites y horarios.

No me enamoré de él. No es eso. Fue otra cosa. Fue como si un hilo invisible me tocara el centro del pecho y me dijera: “esto también es vida”. Una conexión breve pero auténtica. Un instante de presencia compartida, sin necesidad de explicaciones.

Y entonces pensé en lo absurdo de este mundo donde uno no puede simplemente sentarse frente a alguien y decir:
“Eu acho seu sorriso muito lindo, muito obrigada por entrar como un raio de sol que me iluminou»

Porque el ego, que siempre quiere protegernos de quedar expuestos, nos dice: «¿quien crees que eres?», “¿y si hacés el ridículo? ¿Y si no te entiende? ¿Y si piensa que estás buscando algo más?”

Pero hoy no quiero obedecerle.

Vivimos inmersos en una cultura donde la espontaneidad muchas veces es malinterpretada, confundida con seducción o “rareza”, cuando en realidad es la forma más pura de presencia, de pureza, de volver a ser como niños y decir lo que sentimos.

No es seducción ni rareza y si así lo entiende, no me preocupa, no depende de mi la interpretación ajena.
No es seducción, es sensibilidad, es presencia, es conexión, que su sonrisa provocó.
Y decírselo es el deseo de que él también lo lleve consigo, de querer que ese pequeño milagro sea compartido.
Como dejar una piedrita brillante en el bolsillo de alguien, para que siempre la lleve consigo.

No busco nada más. Solo que ese momento, tan inesperado como luminoso, exista también en él. Aunque sea de otro modo. Que si vuelvo a verlo, ambos sepamos —sin palabras— que ese instante quedó guardado.

Hoy quiero agradecerle a ese momento por lo que me recordó de mí: mi capacidad de conmoverme, de percibir la belleza en lo simple, de querer guardar una sonrisa ajena como quien recoge una pluma del suelo y la lleva consigo para siempre.

Tal vez no lo vuelva a ver. Tal vez sí. No importa. Lo que importa es que algo se encendió. Y se quedó conmigo.

Tal vez si mi vida aún estuviera llena de ruido, de pendientes innecesarios, de objetos acumulados y listas eternas, este momento me habría pasado de largo. Pero hace tiempo empecé a vaciar para poder habitar. Y gracias a eso, lo vi. Lo sentí. Y quedó guardado, como un tesoro, en mi agenda diaria minimalista.
¿Y a ti?
¿Alguna vez te pasó algo así?
¿Qué harías si dejar una piedrita brillante en el bolsillo de otro fuera tan sencillo como decir: “Gracias, hoy me hiciste mucho bien”?

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El cometido de esta web, de cada idea que comparto, de mis reflexiones, mis mitos cotidianos, mi cuaderno del trayecto es si sobre minimalismo.
Sobre un minimalismo que va más allá de quitar cosas de casa o cambiar hábitos de consumo.
Hablamos sobre el minimalismo de limpiar «ideas que interceptan el trayecto», «pensamientos establecidos que ya no encajan ni combinan», el de traer para dentro de casas cosas bellas, cosas que embellezcan nuestras vidas y sobre como vivir cada día una agenda simple y minimalista creada a nuestra medida.

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