El día que mi hijo decidió quedarse y sentí que me arrancaba el corazón y en un sólo día pasé por todo, el trauma, el miedo y la determinación.
Hace apenitas dos días, mi vida tal como la vivía, cambió.
Para mí, de forma trágica. Para el mundo afuera, invisible.
Pero dentro de mí, todo lo que era mi mundo se rompió.
Lloré, me desesperé, imploré porque todo siguiera igual…
Pero la vida insistió, muy claramente: No va más. Así no va más.
Intenté de mil maneras dejar las cosas como estaban, hasta que me di cuenta de que el último recurso que pretendía usar era decidir: “No me voy.” Pero eso era apenas un recurso momentáneo.
Era como decirle al dolor: “Te doy lo que quieras con tal de que me sueltes.”
Hace dos días, unas horas antes de viajar, mi hijo —que tiene 27 años— me dijo:
“Yo no me voy contigo, mamá.”
Decidió quedarse en Uruguay y empezar a trabajar en algo que nunca ha hecho:
un trabajo duro, una decisión valiente.
Porque el nido que yo le preparé para que viviera cómodo, ya no le queda cómodo.
Quiere hacer su propia vida. Crecer. Experimentar.
Por primera vez en su vida nos separamos.
Y yo sentí que me moría de dolor.
Porque no sé cómo vivir lejos de él.
Porque me considero su ángel guardián.
Porque creo que, si estoy con él, nada malo le va a pasar.Pero, sobre todo, porque cuando tenía 8 años se murió mi hermanito de 6 por un tumor cerebral, en solo dos meses.
Y yo cargo con ese dolor, ese susto, ese impacto y ese miedo gigantesco de volver a perder lo que amo.
Sentí que me arrancaban el corazón.
El dolor fue físico.
La presión se me disparó.
La angustia no me dejaba dormir ni respirar.
Todo en mí gritaba:
“Si él se aleja, algo malo va a pasar. ¿Y si no lo vuelvo a ver más?”
El dolor y el miedo me asfixiaban de una manera insoportable.
Y aunque él fue claro, amoroso, firme —“Mamá, necesito crecer, necesito hacer mi vida”—
yo me sentí en caída libre.
Ese dolor no es real. Es trauma. Es una herida abierta.
Me costó darme cuenta.
Durante años pensé que este apego profundo era amor.
Que cuidar, proteger, controlar, estar encima, era lo correcto.
Pero, en realidad, era un miedo antiguo, no sanado, disfrazado de amor.
Desde que mi hermanito murió, quedó dentro de mí una creencia brutal:
“Si no estoy cerca, los pierdo. Si no controlo, mueren.”
Eso no lo elegí. Se instaló.
Y ha vivido dentro de mí por décadas.
Porque a esa herida que tanto me lastimó yo le quité, cada día, la cascarita.
Porque no sacaba mis ojos de ella.
Porque, de tanto escarbarla, se infectó y se pudrió dentro de mí, hasta dejarme esta enorme cicatriz.
Pero la vida me está diciendo:
Enfrenta ese miedo y véncelo. Tienes que hacerlo. No lo dejes dominarte más.
En medio del dolor, con las valijas hechas y la garganta cerrada, en medio de un llanto que me dolía, sin saber qué hacer, ante la firmeza de mi hijo en su decisión y luego de conversar con él, sentí:
ES VERDAD.
“No puedo seguir negociando con el miedo.
No puedo seguir dándole lo que pide con tal de que me suelte.
El miedo no se apaga con obediencia. Se apaga con conciencia.”
Y ahí supe que no me estaba despidiendo de mi hijo.
Me estaba despidiendo de una forma de vivir que ya no quiero
Por eso creé mi Bitácora de Sanación
No consigo convivir con el dolor.
Así que comencé a buscar un alivio.
Yo no creo en psicólogos, ni en revolver el pasado.
No me interesa revolcarme en el dolor, ni en rituales, ni en parches.
Yo creo en salir del ciclo.
En ver al miedo como lo que es: una historia vieja disfrazada de verdad.
Y en volver a mí.

Yo quiero estar cada vez más lejos del dolor.
Hasta olvidarme de que existe.
Hasta que, para mí, no exista más.
Hasta entender que no me controla.
Porque yo no creo en él.
Porque yo sé quién soy.
Yo sé que el miedo no soy yo.
Yo soy quien lo observa y vaya pasando lo puedo dejar pasar.
Y si todo esto antes fue teoría, conocimiento que no usé, ahora llegó el momento de demostrarle quien soy.
De atacarlo con el arma más poderosa que tengo, quien de verdad soy
No estoy curada. Pero estoy despierta.
Y eso ya lo cambia todo.
Quiero dejar de tenerle miedo al miedo.
Quiero dejar de vivir desde él.
Quiero recuperar lo que más me importa, lo que más amo:
mis sensaciones de satisfacción y regocijo.
Y vivir algo que no conozco:
la libertad.



